Esos ratos vacíos del verano (y por qué no deberías llenarlos tan rápido)

Cuadernos junto a una ventana en una tarde de verano

Llega julio y algo se afloja. Las tardes se hacen más largas, la agenda se vacía un poco y, de repente, aparecen esos ratos raros en los que no hay nada urgente que hacer. Ni recados, ni prisas, ni una lista esperándote. Solo tiempo. Y lo curioso es que, muchas veces, no sabes muy bien qué hacer con él.

Te suena, ¿verdad? Ese hueco en la tarde en el que deberías estar descansando, pero te sientes un poco perdida. Coges el móvil casi sin darte cuenta. Miras algo, lo cierras, vuelves a abrirlo. Y ese rato que podía haber sido tuyo se va llenando de ruido sin que lo decidas.

Por qué cuesta tanto estar en un rato vacío

Durante casi todo el año vives con la sensación de que cada momento debe servir para algo. Cuidas, trabajas, resuelves, organizas. Incluso el descanso lo justificas: descansas «para» rendir mejor después. Así que cuando por fin llega un rato sin obligaciones, no sabes cómo habitarlo. Te incomoda un poco. Y lo llenas con lo primero que tienes a mano.

Pero un rato vacío no es un rato perdido. Es, en realidad, uno de los pocos espacios del año en los que puedes elegir. Y elegir no siempre significa hacer algo productivo. A veces significa, simplemente, estar.

Mujer pintando tranquilamente en un jardín en verano

Y si en lugar de llenarlo, lo habitas

Hay una forma muy sencilla de habitar esos ratos sin que se te escapen: crear algo pequeño, sin ninguna exigencia. No hablamos de apuntarte a nada, ni de comprar materiales especiales, ni de saber pintar. Hablamos de coger un cuaderno y dibujar lo que ves. La luz cayendo sobre la mesa. La sombra de una silla. Los colores de una fruta. Da igual el qué.

Lo importante no es el resultado, es la mirada. Cuando dibujas algo, aunque sea de forma torpe, tu atención se queda quieta en ese sitio durante unos minutos. Y esa atención tranquila, sin prisa por juzgar, es una de las cosas que más calma regala. No necesitas que quede bonito. No necesitas enseñárselo a nadie. Solo necesitas darte permiso para probar.

Un ejercicio para tu próximo rato vacío

La próxima vez que te encuentres con una de esas tardes que no sabes cómo llenar, prueba esto. Se hace en diez minutos y no necesitas nada especial:

El ejercicio de las diez líneas

Elige un lugar donde estés hoy: una terraza, un banco, tu propia cocina. Coge un cuaderno o una hoja suelta. Ponte diez minutos de reloj y dibuja diez líneas, formas o manchas que representen lo que ves o lo que sientes en ese momento, sin pensar en si «queda bien». Cuando termines, mira lo que has hecho sin juzgarlo. Solo obsérvalo, como observarías el cielo.

Si repites esto varias veces este verano, al final tendrás una pequeña colección de momentos concretos. Y te sorprenderá lo mucho que te dirá esa colección más adelante.

No lo hagas para conseguir nada. Hazlo por el gusto de estar un rato contigo, mirando despacio.

Del verano a septiembre

Puede que pienses que esta calma solo funciona en vacaciones, cuando hay tiempo de sobra. Pero no es el tiempo lo que la hace posible, es el permiso. El verano no te da horas mágicas: te da una buena excusa para dejar de ser útil un rato. Y esa excusa te la puedes seguir dando en septiembre, en un martes cualquiera, con diez minutos y un cuaderno.

Y no es solo una sensación: la investigación sobre artes, emociones y creatividad de la Fundación Botín y la Universidad de Yale lleva años estudiando cómo el contacto habitual con lo creativo mejora el ánimo y el bienestar, más allá del talento o la técnica.

Y si en octubre te apetece vivir ese mismo permiso en grupo, con otras mujeres que también están aprendiendo a mirar despacio, arranca el nuevo ciclo de encuentros creativos presenciales. Pero no esperes a octubre para empezar: tu próximo rato vacío puede ser hoy.

Grupo de mujeres pintando juntas en un encuentro creativo de Hechizarte
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